lunes, 31 de diciembre de 2012

desde el otro lado

Después de jubilarme como policía, creí que trabajar de vigilante sería algo fácil. Me contrataron en un mercado, debía quedarme en él hasta el amanecer.  Al comienzo de la primer noche, el dueño del mercado me advirtió que iba a escuchar algo bastante desagradable que se repetía todas las noches, pero que no le diera importancia. Acercándose a una pared, puso una mano sobre ésta y me dijo:

- Esta pared es el límite con el otro terreno, y es muy delgada, escuche - y golpeó la pared -. En la casa de al lado se la pasan discutiendo de madrugada, y desde aquí se escucha clarito. El asunto nunca pasa a mayor, sólo gritan un poco y ya. Cuando policía supongo que habrá visto mucho de esto.
- Lamentablemente sí, y sé que a veces no hay que meterse - le dije -. Cuando uno está de servicio es el deber, claro, pero ahora no es mi trabajo, a no ser que escuche que está muy fea la cosa…
- Nunca pasa de discusiones. Usted de una vuelta por otro lado y no le de importancia.

Cuando quedé solo comencé a recorrer el local, que era inmenso. Como casi todas las luces estaban apagadas, iluminaba mi camino con la linterna. Revisé las ventanas, pasé por el depósito, y después estuve largo rato sentado en la oscuridad en la pieza donde tenía la cafetera y mi bolso.
A las tres y cuarto escuché un sonido lejano que me alertó. Salí de la pieza y caminé contra un muro, en la penumbra; no quería encender la linterna porque todavía no sabía la procedencia del ruido, y no quería delatar mi posición.  Escuchando, concluí que era fuera del local: eran los vecinos discutiendo.
La discusión era entre un hombre y una mujer, y cada uno intentaba herir al otro, algo que suele terminar muy mal. 
Sentí el impulso de ir a golpearles la puerta, porque la voz del hombre indicaba que estaba por ponerse violento, pero súbitamente callaron. Escuché un rato más, todo permanecía en silencio, así que volví a recorrer el lugar.

A la madrugada siguiente, lo mismo, comenzó la discusión. Esta vez golpee la pared varias veces, y callaron de golpe, mas enseguida respondieron con golpes en la pared. Aquella respuesta me enfadó un poco y volví a golpear, y la respuesta desde el otro lado fue más fuerte todavía.  Entonces decidí ir a encarar a la pareja para ver qué clase de locos eran, y si el tipo se iba a animar a decirme algo.
Tenía todas las llaves. Salí por el frente y fui hasta la casa que estaba al lado. La fachada lucía bastante mal, estaba descuidada. Toqué la puerta y esperé. Llamé varias veces, nada. Por costumbre, fui hasta una ventana y miré hacia adentro, y por costumbre también encendí mi linterna, y vi de pronto que la pareja iba levitando, flotando bastante por encima del suelo. Estaban tomados de la mano. Ella vestía un camisón sangriento; él un pijama ensangrentado. Lucían como alguien que ha muerto hace días, aunque sus ojos se movían; se miraban entre si y me miraban, y flotaban avanzando por la sala.    Cuando me aparté de la ventana, los dos habían arrimado la cara al vidrio, después me siguieron con la mirada hasta que el muro del mercado se los impidió.
Como es de esperarse, ya no pude trabajar más allí. De esa experiencia aterradora que quedó algo: cada vez que escucho que golpean una pared me aterro, pues no sé que hay del otro lado.


domingo, 30 de diciembre de 2012

El bosque maldito

Llegaba el ocaso y Duncan aún galopaba por el bosque maldito.   Había salido del palacio con
los primeros rayos del sol, y durante el día anduvo cazando con arco y acampando.
Hacia el final de la tarde hirió a un jabalí, persiguiéndole después largamente. En la
persecución cruzó a galope por densos matorrales, y costeó peligrosamente el borde de barrancos,
donde algunas piedras que se desprendían rodaban hacia el fondo siempre brumoso de aquellos
abismos.   Tan empeñado estaba Duncan, que en su afán por capturar a la bestia, no reparó en lo
tarde que era, y recién cuando perdió el rastro entre las primeras penumbras de la noche, tomó
conciencia de que debía regresar. 
Para llegar al castillo debía atravesar el camino que zigzaguea por el bosque maldito, un lugar donde
por la noche vagan todo tipo de espantos y apariciones engañosas, que pueden enloquecer a un hombre de terror.

Duncan galopaba agazapado sobre el lomo del caballo, y azuzaba al animal para que corriera más.
La luna asomó tras una montaña, y el bosque se inundó de su luz espectral, y la bruma de las zonas
bajas resplandeció, y espíritus malignos y antiguos despertaron a la noche, y duendes maliciosos
salieron de sus cavernas dando saltos entre las rocas; mientras Duncan seguía galopando. 
De pronto algo se atravesó en el camino; un lobo blanco cruzó corriendo.  El caballo se asustó y se
levantó sobre sus patas traseras, lanzando un relincho. Duncan cayó hacia atrás, y aunque se levantó
rápido no pudo evitar que su caballo siguiera solo, desapareciendo al galope tras un recodo.
Desparramando su mirada por el aterrador paisaje nocturno que lo rodeaba, Duncan pensó que su
situación era grave; su espada y el arco habían quedado en la montura, y sólo cargaba un cuchillo de monte. 

Sendos rayos de luz lunar bañaban el camino. Se hincó en el lugar por donde había pasado el lobo
y no vio sus huellas; sólo había sido una aparición. 
Siguió a pié por el camino, atento a lo que escuchaba, volteando ante el menor crujido de una rama, y
mirando sobre su hombro cada pocos pasos. 
Algunas sombras o siluetas cruzaban entre los árboles, desde donde llegaban algunos rumores y risitas
malévolas, que infundían terror en el corazón valiente de Duncan.
De repente escuchó el tronar de un galope que venía hacia él.  Saltó a un costado del camino y empuño el cuchillo.  Por el camino apareció un jinete que reconoció inmediatamente; era Enid, su esposa. 

¡Enid! - gritó Duncan saliendo de las sombras. Ella frenó al animal y saltó a tierra. ¡Duncan! - exclamó ésta, y se echó en sus brazos.
- Tu padre no quería que viniera, dijo que era muy peligroso, pero yo tomé un caballo y vine, no
podría quedarme sin hacer nada, sabiendo que estabas en este bosque maldito - dijo Enid.
- ¡Enid! Tenía razón mi padre, aquí es muy peligroso, ¡pero que bueno que viniste! Ahora vámonos.

Y dicho esto Duncan montó, tendiéndole el brazo después para que ella subiera.
En el anca del animal, ella se agarró fuerte de Duncan, y juntos partieron rumbo al castillo.
Al cruzar por una zona bien iluminada, donde el bosque se abría, Duncan se dio cuenta que el caballo
que montaba era el mismo que había usado ese día, el que lo volteara. Y entonces sintió un terror atroz: lo que lo envolvía entre sus brazos no podía ser su esposa, pues era imposible que el caballo
hubiera regresado a la caballeriza sin que lo notaran, ya que ésta estaba tras los muros, y antes de caer
la noche la puerta se cerraba. 
Con terror en la mirada, bajó la vista hasta los brazos que rodeaban su pecho, y vio que eran esqueléticos y arrugados como los de una anciana decrépita.
Duncan comenzó a gritar, y su acompañante lanzó una risotada estridente y horrible. Él enloqueció de miedo y se perdió en el bosque maldito.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Él

Por las ventanas de la solitaria casa escapaba algo de luz, haciéndola resaltar en la noche. Hacia todos lados se extendían praderas y plantaciones que se alternaban. Un camino cruzaba cerca de la casa, y desde el anochecer, María escudriñaba rumbo a uno de sus extremos, esperando afligida.
Esa parte el camino atravesaba un terreno que se iba elevando, y descendía abruptamente del otro lado de la colina. María miraba hacia la cima, hacia la parte donde el camino parecía desaparecer, esperando que en cualquier momento se recortara en él la silueta de Gerardo, su marido, que siempre regresaba de su trabajo al atardecer, pero que aún no lo hacía.
María volteó hacia la casa. “Mejor preparo la cena mientras lo espero”, pensó. Echó una última mirada al camino, después salió con paso lento hacia su hogar.
En la mesada de la cocina, María raspaba una zanahoria, sumida en sus preocupaciones. Estaba ubicada frente a una ventana, y tras el cristal, en el fondo oscuro de la noche, surgieron de pronto dos ojos que la miraban fijamente. María estuvo a punto de gritar, pero tras un instante, los ojos estaban en el rostro de Gerardo, y éste sonreía, mas la mirada era la misma.  Ella se llevó las manos al rostro, luego las bajó hasta el pecho como quien siente su corazón.

- ¡Gerardo, que susto me diste! - Exclamó ella, y le preguntó -. ¿Qué haces ahí, como espiando? No es nada gracioso.
- Quería ver si estabas en casa - respondió él, y se alejó de la ventana y la oscuridad lo cubrió completamente.

A ella le resultó un poco rara la respuesta. Mientras se limpiaba las manos, un montón de interrogantes se agolparon en su mente. Al pasar a la sala descubrió que él aún no había entrado.
Al abrir la puerta lo vio a unos pasos de ésta, sonriendo.

- ¿Por qué no entraste? ¿Qué te pasa? - lo interrogó María.
- Nada, no me pasa nada - y después de responder eso entró. Se sentó en un sofá, siempre sonriendo, y volteando hacia un lado y hacia otro observó todo lo que lo rodeaba.

Por más que María lo interrogó, no pudo hacerlo contar qué le había pasado, y respondía casi todo con las mismas respuestas.  Luego se fueron a acostar.
Al amanecer ella despertó sola.  Primero creyó que él se encontraba en el baño, después lo buscó en la cocina, por toda la casa; ya no estaba, se había marchado.     Al salir al patio, recorrió los alrededores con la mirada, y vio que Gerardo venía por el campo. Al verlo de cerca se impresionó: estaba pálido ojeroso. Cuando él, después de recuperarse un poco, le narró lo que le había pasado, María se llenó de terror y se estremeció, comenzó a negar con la cabeza y se echó a llorar como una loca: A Gerardo lo habían paralizado con una luz extraña que proyectaron desde un ovni que apareció de repente en el cielo, y había permanecido así toda la noche.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

La cripta

El pueblo estaba perdido entre valles y montaña, y cada vez estaba más vacío.
La gente se iba. Familias enteras partían en carretas, ante la falta de trabajo; pero eran más
los que desaparecían que los que se veía partir.
Como las ratas que se multiplican en las guerras, o los buitres que se hartan tras una batalla;
Rolando y Jim se beneficiaban de aquella situación.  Pasaban el día recorriendo el pueblo, y de noche
entraban a las casas vacías y robaban cuanto podían.
Eran hermanos, y hacían cualquier cosa menos trabajar. Los dos eran altos y delgados,
su mirada era como la de un depredador, y siempre sonreían maliciosamente.
Como buenos observadores, sabían que en el pueblo estaba pasando algo raro, pero no sabían
qué;  pero de todas formas decidieron largarse, mas antes iban a dar otro golpe.

Durante la noche, aprovechando la luz de la luna, se metieron en el cementerio, caminaron
por el campo santo hasta encontrar la cripta de la familia Lugones, los antiguos propietarios
de todas las tierras que había en la región.  
Ya no quedaban integrantes vivos de aquella familia, ahora todos estaban en la cripta.
Los hermanos suponían que los restos de aquella gente estarían llenos de joyas y cosas de valor.
Encontraron la cripta y forzaron el candado.  Encendieron un farol que llevaban y descendieron
por unos escalones de piedra,  por donde corrían todo tipo de insectos rastreros. 
Ya en el corazón de la cripta comenzaron a investigar el lugar.  Les sorprendió la cantidad de
ataúdes que había.

- Bueno Jim, comencemos. Vamos a abrir primero este - dijo Rolando.
- Eh, Rolando… ¿No te parecen demasiados ataúdes? - murmuró Jim girando con el farol en alto.
- Cuantos más mejor, más joyas. Ahora ayúdame a destapar nuestro primer ataúd, y deja ese
farol en el suelo, ¡vamos! 

Al abrir la tapa los dos quedaron de boca abierta y se miraron entre si.  El cuerpo que estaba
adentro parecía muy reciente, no estaba descompuesto, era una mujer.
- Rolando ¿Cuánto hace que enterraron al último de los Lugones?
- Que yo sepa hace años.
Jim se inclinó hacia el ataúd, le pareció que conocía a la mujer. La observaba de cerca cuando la
mujer abrió los ojos y movió la cabeza hacia él, seguidamente lanzó un grito agudo, y en su boca
asomaron unos largos colmillos. 
Los dos se alejaron varios pasos, y de repente se escucharon ruidos en toda la cripta.  Los ataúdes
comenzaron a abrirse, y sus ocupantes se incorporaban con rapidez hasta quedar sentados,
volteando inmediatamente hacia los hermanos.   Los dos lanzaron un alarido y corrieron hacia las
escaleras, olvidando el farol en su apuro.   La escalera estaba negra de oscuridad, al no ver los
peldaños se apoyaban también con las manos; detrás de ellos avanzaba una turba de vampiros.
Salieron de la cripta  cuando la turba casi los alcanzaba.  Llegaron a subirse al muro,
pero enseguida los agarraron de las piernas y los jalaron hacia abajo.  
Los gritos de los hermanos llegaban hasta el pueblo pero nadie los fue a socorrer; la mayoría ya
eran vampiros.  

domingo, 23 de diciembre de 2012

La voz del Diablo

Una voz extraña vino desde la oscuridad, cortando la conversación que entablábamos. Éramos varias las personas que estábamos allí, sentados bajo el porche de la casa, respirando el fresco de la noche, conversando animadamente.  El frente de la vivienda en donde nos encontrábamos, estaba bien iluminado, pero más allá de la zona de influencia de esa luz, en los campos y arboledas cercanos, se cernía una noche terriblemente oscura.
Estábamos en medio de una charla cuando escuchamos aquella voz, y todos volteamos hacia la oscuridad. Parecía venir del camino que estaba a unos cincuenta metros de allí, era fuerte y clara pero no se entendía una palabra de lo que decía, y sonaba por demás extraña. 

- ¿Y eso? ¿Es alguien que va por el camino? - preguntó uno de los presentes, dirigiéndose al dueño del lugar, que estaba sentado con nosotros.
- Más bien, algo que va por el camino - contestó él, dejándonos con más intriga.
- Cómo que algo ¿Qué quiere decir? - esta vez pregunté yo. El tipo se volvió hacia mí medio sonriendo.
- Bueno, no es una persona. Una vez intentamos ver  quién andaba ahí, iluminamos el lugar con unos faros, pero no vimos nada. Sólo en el último instante en que el rayo de luz enfocó el lugar, creí ver algo, por un tiempo mucho menor al que dura un pestañeo, pero no era una persona, y les juro que se me erizó toda la piel del cuerpo, y casi me descompongo.
- Pero que fue lo que vio - insistí.
- No lo recuerdo, el tiempo fue tan corto, que no me quedó en la memoria, o no lo vi realmente, ¡no sé! Se escucha en las noches oscuras como esta, y la verdad es que no quiero saber qué anda ahí, nada bueno seguramente. 

El relato los impresionó a todos, y mudos miraban hacia las sombras desde donde seguía llegando la voz. Entonces me puse de pie.
- Si me presta una linterna voy a ir a ver, la curiosidad me mata - le dije al dueño del lugar.
- No, deje eso hombre, no es bueno meterse con esas cosas - No quise insistir. Recordé en ese instante, que tenía una linterna en el auto. Los otros se levantaron y dijeron que no fuera; no les hice caso.

Linterna en mano avancé rumbo a la voz, que todavía se escuchaba. Los otros, desde el porche, me gritaban que volviera.
Al llegar al portón me detuve. Iluminé ambos extremos del camino, nada, y ya no distinguía de dónde llegaba la voz. Voltee en todas direcciones,  tratando de ubicar el origen del sonido. Vi algo cuando iluminé una arboleda cercana. Entre las ramas surgió de pronto una cabeza alargada, con grandes ojos que me miraban, y sentí un terrible escalofrío, y desvié el rayo de luz.
Pasado aquel instante de terror, me di cuenta que lo que vi fue la cabeza de un caballo. Cuando volví a apuntar la linterna ya no estaba, y tampoco se escuchaba la voz.
Regresé al porche con las piernas rígidas de miedo. Enseguida me preguntaron si había visto algo.

- No andaba ninguna persona, esa voz no tiene explicación. Y mientras buscaba, un caballo se asomó entre los árboles y me dio tremendo susto - les dije.
- ¿Un caballo? - preguntó el dueño del lugar -. Los míos están encerrados en el galpón.
Al escucharlo evoque la imagen de aquella cabeza, y la recordé guiñándome un ojo y sonriendo.   
 

sábado, 22 de diciembre de 2012

¿Qué es aquello...?

- ¿Qué es aquello que hay allá, compañero? - le preguntó Ismael a Javier. Era de madrugada y caminaban tambaleándose. Habían dejado atrás las luces de un pueblo y la algarabía de un cumpleaños, e iban rumbo a la carretera, donde con suerte podrían tomar un ómnibus. 
- ¿Qué es lo qué, Ismael? ¿Allá adelante?… - Contestó con preguntas Javier. Escudriño en la oscuridad de la noche y creyó distinguir algo -. Es un caserío - afirmó.
- No… yo creo que es un… no, a ver, sí, es un cementerio.

Los dos, con paso desparejo, de borracho, se fueron acercando más hasta confirmarlo.

- Era un cementerio nomás, tenías razón y… ¿Qué más iba a decir? No me acuerdo.
- Claro, si distinguí unas cruces y todo. Es el cementerio del pueblito.

El portón del cementerio, medio derrumbado, estaba hecho de chapas y se encontraban bastante separadas entre si. Al pasar frente a él, vieron que alguien asomó la cabeza entre la separación de dos chapas.

- ¡Una aparición, Ismael! - gritó Javier, e intentó huir, pero Ismael se lo impidió sujetándolo de la parte de atrás del cuello del abrigo.
- ¡Que aparición ni que nada! Debe ser el vigilante del ahí - dijo Ismael, que era menos impresionable.
- ¡Suélteme! ¡Que me voy de aquí…! - le exigió Javier, y salió corriendo como podía. Ismael se quedó. Bajó la mirada y buscó hasta que vio una piedra, que por ser de color claro se distinguía aún en la penumbra.

- ¿Y usted qué mira? - preguntó Ismael con tono amenazante. Lo que estaba detrás del portón se movió levemente, y a él le pareció que el otro movía la boca como si estuviera hablando, pero solamente escuchó una especie de gemido apagado. 
- ¿Qué acaso es mudo o qué? ¿Piensa que me está asustando, a mí?… ¡Jajaja! Mejor deje de estar mirándome como lechuza o le doy una pedrada que ya va a ver… ¡Ah! Sigue ahí. ¡Ahí le va! - y le arrojó la piedra. No tenía la intención de pegarle, sólo quería que la piedra diera con estruendo en la chapa, y así asustar a aquel curioso; pero el proyectil salió directo a la cabeza, y la atravesó como si ésta no existiera: era una aparición.
Ismael sintió tanto terror de forma tan súbita, que salió de allí casi curado de su borrachera.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Sendero de terror

Desde un principio me pareció una mala idea practicar senderismo en una zona no señalizada que desconocíamos; pero nunca imaginé que nos fuéramos a cruzar con un ser sobrenatural.
Camilo, Wilmar, Rosa, Silvia, Cecilia y yo, partimos cuando el sol estaba alto. Con gafas de sol, gorro, bastón y mochila, parecíamos unos verdaderos senderistas, aunque en realidad recién nos iniciábamos en esa práctica.
El paisaje era hermoso, pero observándolo intuí que sería fácil perderse en él. Cuando terminábamos de subir un repecho veíamos el siguiente. Había cactus y rocas grises hacia donde miráramos, y resaltaba cada tanto algún arbusto de ramas retorcidas de apariencia reseca. Aun así el lugar tenía su belleza, y mirábamos a lo lejos al alcanzar las cimas que se sucedían una tras otra.
Por el camino Rosa gritó de repente y se pegó a mí al tiempo que señalaba una roca.

- ¡Una víbora! ¡Mira Gabriel! - me dijo Rosa. Efectivamente, encima de la roca, enroscada, pronta para atacar, había una víbora.
- Es venenosa - observó Wilmar.
- No te acerques tanto - le advertí. El reptil nos seguía con la mirada y hundía su cabeza en el centro del espiral que formaba su cuerpo.

Le dimos distancia y seguimos el camino. Después de ese encuentro, no pude evitar el prestar casi toda mi atención al entorno próximo, al suelo que estaba cerca de mis pies, desorientándome sin notarlo. Para nuestra desgracia a los otros les pasó lo mismo.
Emprendimos el regreso calculando que llegaríamos al lugar donde dejamos las camionetas antes de la puesta del sol.  Por el camino, si bien todo el paisaje se parecía, tuve la impresión de que íbamos por otro sendero.
Los últimos rayos del sol se iban apagando en el horizonte y todavía no alcanzábamos los vehículos. En el ocaso trepé una cresta rocosa que se veía bastante frágil, y desde allí, si bien no pude divisar a las camionetas, distinguí al pequeño valle donde las habíamos dejado. También vi que el sendero por dónde íbamos pasaba al lado de un bosque bajo, que de ida ni habíamos notado. 
Al alcanzar el borde del bosque ya teníamos nuestras linternas encendidas. El cielo se llenó de estrellas, mas no daban para barrer las tinieblas que oscurecían todo.
De pronto una de las muchachas, Cecilia, se detuvo de golpe y nos encandiló con la linterna al preguntarnos:

- ¿Oyeron eso?
- Me pareció que era un bebé riendo - le contestó Camilo.
- A mí también me pareció lo mismo - dijo Silvia, e iluminó hacia los árboles.
- ¿Escuchaste lo mismo Gabriel? - me preguntó Rosa -. Creo que yo también lo escuché.
- No escuché nada - afirmé, pero también lo había oído; no quería que empezaran a asustarse -. Si hubo algo debió ser un pájaro - agregué -. Un pájaro nocturno, hay varios, no me acuerdo cómo se llaman.

Retomamos la caminata. En el bosque se amontonaban las sobras, y al apuntar las linternas veíamos el intrincado de la vegetación, creábamos nuevas sombras que se movían como esquivando los haces de luz, y al volver a apuntar al sendero, la oscuridad volvía al instante y el bosque quedaba negro.
Al resonar fuerte y claro otra carcajada de bebé, las muchachas lanzaron un grito. Tuve que sujetar a Rosa para que no saliera corriendo. - ¡Que nadie corra! - les dije -. ¡Con este terreno es muy peligroso! Vamos a juntarnos más y a seguir.
- ¡Jajajaja!…¡Jijiji! ¡Voy a jugar con sus huesos! ¡Jajajaja… ¡Ahh! - gritó entre risotadas espeluznantes aquella cosa, y la carcajada venía de todos lados y de ninguno. Parecía ser el bosque mismo el que hablaba.
No pude contener a mis compañeros; salieron corriendo y tuve que seguirlos. De milagro no nos precipitamos en algún barrando, y aún corriendo alcanzamos los vehículos.
u

 

Desde un lugar horrible

Durante una noche tormentosa mi abuela se sintió mal y la llevé a un hospital.
Esperábamos a un lado de la sala de emergencias. Llovía copiosamente y el estruendo era constante. Los pocos que entraron chorreaban agua y se quejaban del mal tiempo.
- ¡Que tormenta, parece que se abrió todo el cielo! Y esos relámpagos… - comentó un señor a la vez que se peinaba el cabello empapado con las manos.
Sostuve el bolso de una joven mientras se quitaba el impermeable. La túnica blanca me indicó que era una doctora.

- Muchas gracias, que amable - me agradeció.
- No es nada señora.
- Señorita - me aclaró, y sonrió.
- Señorita entonces. Dije señora porque supuse que una mujer tan linda seguramente ya estaría casada.
- ¡Ay! Me vas a hacer sonrojar ¡Jaja! - y se alejó por el corredor. Volteó un par de veces y se detuvo, e hizo un gesto indicando que me acercara. Di unas zancadas y estaba al lado de ella.
- ¿Me acompañarías por este corredor? Soy nueva aquí y todavía no me acostumbro al lugar, y es tan largo este corredor, y con esta tormenta, la verdad es que me da un poco de miedo. Que vergüenza, ¿no? Siendo médico y tan asustadiza ¡Jaja!
- Te acompaño con gusto. No tiene nada de malo sentir algo de miedo, los médicos también son gente.
- Bueno, gracias.

Al llegar frente a la puerta que era su destino quedamos charlando un buen rato. Consultó su reloj unas veces pero seguía hablando. Me miraba a los ojos y sonreía.
Cuando me fui de allí tenía su número de teléfono en el bolsillo.  Mientras atravesaba el largo corredor me acordé de mi abuela. La había dejado sentada en un banco. Al regresar vi que estaba sola. Tenía la cabeza recostada a la pared y miraba fijamente hacia la puerta. Cuando fui a hablarle hubo un estallido ensordecedor y se apagó la luz: había caído un rayo.
El hospital no tenía generador propio o no funcionaba. Quedamos sumidos en la oscuridad.

- ¿Abuela? ¿Está bien abuela? - le pregunté, y casi al instante me sujetó el brazo una mano que sentí delgada, dura y arrugada, y por poco no grité, mas enseguida razoné que era la de mi abuela.
- ¡Siento mucho calor! - me dijo con la voz llena de angustias - ¡Mucho calor, mucho calor! ¡Me estoy quemando! ¡Aaahhh…! - En ese momento me pareció ver que unas siluetas deformes caminaban a nuestro alrededor, pero enseguida se borraron, desaparecieron en la oscuridad.

Pedí ayuda a gritos. Sentí que mi abuela me soltó. Alguien salió de la sala de emergencias con una linterna, mas no necesitó usarla pues la luz volvió en ese momento.
Cuando un doctor me dijo que mi abuela estaba muerta me sentí terriblemente mal. Me invadió un sentimiento de culpa; la había dejado sola durante largo rato, ¡era algo imperdonable! Pero lo que sentí después fue peor aún. Al examinarla un poco más, el doctor dijo que llevaba muerta más de media hora; había fallecido apenas llegamos.  Me había hablado desde el más allá, desde un lugar que todavía me niego a creer que fuera su destino.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

La cena

La pareja caminaba por una calle oscura y angosta. Las casas que la encajonaban estaban ruinosas, la mayoría no tenía vidrios en las ventanas, o en los vidrios había grandes huecos, y algunas puertas se derrumbaban hacia la oscuridad del interior de aquellas viviendas abandonadas.
Ella lo guiaba de la mano, y aún en la penumbra se notaba que sonreía gracias a sus dientes blancos; él iba muy serio y miraba hacia todos lados.

- No le tendrás miedo a la oscuridad, ¿o sí, Antonio? - preguntó ella. Se llamaba Amanda y era joven y bella, de largos cabellos negros y rostro pálido; él era mucho más mayor, sin aparentarlo, y era de esas personas que esquivan las miradas de las otras, aunque no era tímido ni introvertido.
- No temo a la oscuridad, pero no me gustan estos lugares así. Es una zona rara para hacer una fiesta.
- Es que mis amigos son un poco excéntricos, ya verás. Sé que le vas a gustar a ellos, te lo aseguro.

Antonio sonrió sin ganas; ella le apretó más fuerte la mano y lo apuró. - Ya casi llegamos.
Se detuvieron frente a un edificio igual de ruinoso que el resto. Amanda golpeó la puerta haciendo unas pausas que indicaban que era una clave. Un hombre enorme apareció tras la puerta, los miró a los dos como si los examinara, y mirando nuevamente a Amanda los invitó a pasar con un gesto.
Adentro una pequeña multitud bebía de un rojo vino tinto que algunas camareras repartían sonrientes.

- Les presento a Antonio - le dijo Amanda a un grupo que conversaba formando un círculo.
- Parece saludable - comentó abiertamente una de las mujeres del grupo mientras lo examinaba con la vista concienzudamente. Los otros también posaron sus ojos en él mientras sonreían. Antonio los saludó pero no le respondieron, sólo quedaron mirándolo y sonriendo asquerosamente.

Pronto, al percatarse de la presencia de Amanda y su invitado, todos los presentes volcaron sus miradas hacia ellos, especialmente hacia Antonio.

- Amanda, ¿qué le pasa a esta gente, por qué me miran tanto? - le preguntó Antonio en voz baja.
- Te miran así querido porque tú eres la cena, más bien, tu sangre ¡Jajaja! - respondió ella y rió francamente. Los otros también empezaron a reírse, y el salón se llenó de carcajadas y gritos, y empezaron a rodear a Antonio. Fueron encerrándolo en un círculo. Se relamían gimiendo. En sus ojos se notaba la locura, la maldad, el deseo de ser algo que no eran.
Antonio, lejos de asustarse, giró observando a todos, sonrió y volvió su mirada sobre Amanda.

- Así que era esto - le dijo -. Eres parte de un grupo de locos que se creen vampiros. ¡Que patéticos! ¿Creen que estar maldito es divertido? ¡Ustedes no tienen idea de lo que es ser un vampiro!
Al escucharlo algunos se detuvieron, y otros siguieron más lentamente: no esperaban aquella reacción. Y cuando lo vieron transformar su cara dieron un paso hacia atrás, y sus miradas que un instante atrás transmitían malicia, ahora expresaban sorpresa y horror.
- ¡Patéticos! ¡Los voy a hacer pedazos! - gritó Antonio el vampiro, y comenzó su carnicería. Su fuerza y su velocidad eran tal que pronto los cuerpos se fueron amontonando. La última fue Amanda. La tomó por el cuello con una mano y la elevó sobre el suelo. - ¿Ahora qué crees de los vampiros, querida? - y con un simple movimiento le quebró el cuello.   
 

lunes, 17 de diciembre de 2012

El guardián de las pesadillas

Francisco dormía en la oscuridad de su cuarto.
Cerca de un armario, al lado de un rincón, la pared se agrietó sin hacer ruido, y unos dedos que terminaban en uñas puntiagudas ensancharon más la grieta para que un ojo blanco espiara por ella. La criatura observó a Francisco, lo vio moverse inquieto de un lado para el otro sobre la cama, hasta que quedó boca arriba y ya no se movió.   La criatura vio su oportunidad. Salió de la grieta y caminó hacia la cama.
Aquel ser medía unos cincuenta centímetros de alto, andaba encorvado, y tenía los brazos tan largos que arrastraba sus manos-garras en el suelo. Sin pelos y con protuberancias que la deformaban, su cabeza era horrible, y su boca enorme tenía fija una sonrisa tan retorcida como los dientes que ésta dejaba ver.  Se subió a la cama de un salto y, con la lentitud y la prudencia de un depredador se arrimó a la cabeza de Francisco, y casi recostando su pesadillesco rostro al de su víctima empezó a susurrarle pesadillas.  Luego el pequeño monstruo volvió a su grieta y ésta se cerró tras él.

Por la mañana, en el trabajo, la secretaria de Francisco lo notó ojeroso y le preguntó:

- ¿No durmió bien? Tiene unas ojeras… - Francisco recostó las manos en el escritorio; también estaba cansado.
- Dormí pero mal, y no sé cuántas horas: tuve pesadillas.
- ¿Otra vez?
- Sí. Francamente creo el dormir mal está afectando mi investigación sobre los sueños. Va a sonar raro, pero, creo que algo quiere impedir que haga descubrimientos sobre los sueños, principalmente sobre las pesadillas. ¡Pero qué digo!… que tontería, ¿no? Hablé sin pensar.



sábado, 15 de diciembre de 2012

Espantados

Al terminar la dura jornada en la plantación, resultó que el camión que nos iba a llevar estaba roto.
Algunos trabajadores se alejaron por el polvoriento camino a pie, descontentos, naturalmente. Mauricio, Leandro y yo, cortamos por el campo con la intención de ahorrarnos kilómetros de caminata.

- ¡Bien podrían usar las camionetas para cargar a la gente de a poco! - protestó Mauricio, y pateó una mata de pasto.
- Ni soñar que van a hacer eso - opinó Leandro, que manso como siempre, caminaba con las manos en los bolsillos y una brizna de hierba en la boca.
- Ahora ya está - les dije -. Vamos a tratar de apurarnos para llegar a la carretera antes de que caiga la noche.

Atravesamos campo y más campo, matas resecas, algunos arbustos espinosos, El sol se arrimaba cada vez más al horizonte que estaba rojizo, mientras el paisaje se iba volviendo gris, y en las hondonadas predominaban las sombras.   La distancia resultó mayor que la calculada. La noche se nos vino encima aún lejos de la carretera, por lo que tuvimos que andar más lento.
La luna, que estaba en su etapa creciente, pareció apiadarse de nosotros, y el relieve del paisaje fue nuevamente visible, mas todo parecía haber cambiado. El ruido de una corriente de agua nos guió hasta un pequeño manantial. Bebimos en él y analizamos nuestra situación.
- Creo que nos desviamos un montón - dijo Leandro.
- Espero que no porque ya vengo que no doy más. ¿A vos qué te parece, William?
- Vamos bien - les aseguré -. No podemos estar muy lejos de la carretera.

Un rato después de emprender nuevamente la marcha nos encontramos frente a un maizal, y seguidamente escuchamos el motor de un vehículo.
Es la ruta, les dije. Está del otro lado de este maizal. Empezamos a atravesarlo. Repentinamente algo que se abría paso con rapidez entre las plantas nos cortó el paso, se detuvo frente a nosotros, a unos metros, y no hizo más ruido.  Nos agachamos para ver entre los tallos pero no había nada. nos desviamos para rodear lo que anduviera allí, entonces dije susurrando:

- Yo no escuché pasos, ¿y ustedes?
- Yo tampoco - me contestó Leandro.
- Puede ser un pájaro grande que iba volando entre las plantas - planteó Mauricio. Me pareció una explicación lógica, y Leandro asintió con la cabeza.

Fue avanzar unos pasos y aquella cosa nuevamente agitó las plantas al avanzar, y una carcajada espantosa que la acompañaba dio por tierra a la teoría del pájaro. Tan aterradora era aquella carcajada que nos echamos a correr. Las largas hojas y las espigas nos azotaban la cara en la desesperada huída. Fue un momento confuso, lleno de terror, sin dudas el más angustiante de nuestras vidas.
De pronto salimos del maizal y allí estaba la carretera.  Sin dejar de mirar la plantación, recuperábamos el aliento cuando un camión que venía por la ruta se detuvo, y reconocimos las voces de nuestros compañeros invitándonos a subir: habían reparado el camión. Los otros ni se imaginaban el terror que habíamos pasado, y estaban alegres por no hacer todo el camino a pie.
Al subir echamos una última mirada al maizal y, sobresaliendo por encima de las plantas, iluminado por la luna, había un espantapájaros vuelto hacia la carretera.    

jueves, 13 de diciembre de 2012

Chapoteando

Abrumado por una noche calurosa, Fernando subió a su camioneta y condujo hasta un arroyo. La noche estaba completamente oscura. Una gruesa capa de nubes negras creaban tal oscuridad que no se distinguía el límite del cielo y la tierra, y al no haber viento, no había ni el menor indicio del paisaje que estaba tras esa oscuridad.
Al divisar el puente Fernando tomó el camino que doblaba hacia la derecha e iba hasta el arroyo. Se detuvo a unos cinco metros de la orilla del agua. Las luces iluminaban incluso la otra orilla, donde una pequeña barranca iba ascendiendo hasta llegar a un monte ensombrecido. Dejó las luces encendidas.   Entró lentamente al agua y suspiró aliviado. No nadó, solamente se sumergió unas veces y luego fue a sentarse sobre la hierva de la rivera.

Cuando se iba levantando para irse, escuchó un chapoteo que venía de la otra orilla, y sintió como sus sentidos se aguzaban rápidamente, y un escalofrío partió desde la base de su columna y fue subiendo por ésta.  La reacción fue causada por un recuerdo que lo asaltó de pronto al escuchar el chapoteo donde hacía un instante no había nada. Recordó una historia que un par de pescadores le narraron sobre aquel lugar, historia que no había creído; pero ahora estaba allí y había escuchado un chapoteo en el agua. 
Al mirar hacia el lugar allí estaba; parecía ser una niña pequeña sentada en la barranca, con las piernas colgando y los pies chapoteando en el agua, pero algo en su cara no estaba bien, tenía rasgos de anciana y parecía estar descomponiéndose.
Fernando giró hacia la camioneta. Al dar unos pasos sintió que había algo siguiéndolo, pero continuó sin mirar.   Con el vehículo en marcha, vio por el retrovisor que realmente aquella cosa lo había seguido, al igual que siguió por la ruta a los pescadores, pero como viajaba más rápido pronto dejó de verla.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El origen de nuestro miedo

El dinero de las entradas lo gastamos antes de llegar al circo. Mi hermano y yo quedamos mirando la enorme carpa. El público formaba una fila para ingresar al circo. Estaba de portero un tipo enorme, que al echarnos una mirada desconfiada nos hizo desistir de la idea de entrar sin pagar. 
Era la última función y ya estaba de noche. Nos alejamos de la mirada del grandullón de las entradas y discutimos qué hacer.

- ¿Y ahora qué hacemos? - le pregunté a Roberto, mi hermano. En esa época él tenía quince años y yo doce. Éramos un equipo, compinches en las travesuras, y ambos teníamos espíritu aventurero.
- No hubiéramos gastado la plata, pero ese postre sí que estuvo bueno, con esa cosa que parecía merengue pero era más rica - comentó Roberto, y se relamió los labios.
- Sí, estuvo bueno, ¿pero ahora qué hacemos?
- Vamos a tener que dar unas vueltas por aquí hasta que termine la función.
- ¿Y cuánto dura?
- Cómo voy a saber yo Ramón. Como una hora y pico, no sé.

Volvimos a mirar la carpa. Desde adentro llegaba la inconfundible música de circo, y empezó a hablar un tipo anunciando el espectáculo.

- ¡Que lástima! Quería ver los leones - dije tras suspirar resignado.
- Sí, yo también. Pero… - al escuchar aquel “pero…” miré a Roberto: sabía que se le había ocurrido algo  -. Los leones deben estar afuera, allá atrás. Vamos a mirarlos.
- ¿Será que dejan? - dudé.
- No creo, pero si no nos ven… ¡Jeje!
- Sí, vamos sin que nos vean ¡Jajaja! Y de paso vemos si es cierto que les dan perros para comer.
- ¡Eso es mentira! Creo.

El circo ocupaba toda una manzana. Fuimos por una de las calles laterales. No eran pocos los remolques que había detrás de la carpa, nos movimos entre las sombras de éstos, agazapados. Un rugido repentino nos indicó dónde se encontraban los leones.  Al escuchar los pasos de alguien que estaba vigilando nos metimos bajo un remolque; cuando se alejó seguimos hasta las jaulas.
Los leones caminaban de un lado para el otro agitando la cola y gruñían sordamente. Quedamos encantados con las bestias, mas vigilábamos nuestro entorno, y al mirar hacia un lado vi un remolque muy particular.  Tenía dibujada la cara de un payaso, que lejos de sonreír miraba fieramente, con odio, podría decirse.  Llamé la atención de Roberto y apunté con el dedo hacia el remolque.
- Que bueno - susurró mi hermano -. Un payaso terrorífico. Vamos a ver qué hay adentro.
- ¿Y si está el payaso?
- Que importa, cuando mucho nos correrá, si es que no está en la carpa. Vamos.

El remolque tenía una ventanilla por donde salía algo de luz. Apoyamos un pie en el borde del guardabarros y nos asomamos a la vez. Unas luces pequeñas que rodeaban a un gran espejo, iluminaban tenuemente a un payaso que estaba sentado mirando su reflejo.  Tenía una peluca rojiza y un diminuto sombrero sobre ésta, era el payaso del dibujo. Estaba completamente inmóvil, pero repentinamente giró la cabeza hacia atrás como lo hacen las lechuzas, y sin mover el cuerpo quedó mirando directamente hacia nosotros, y en un parpadear tenía la cara pegada al vidrio, a centímetros de nuestros rostros, y por el susto caímos hacia atrás, mas enseguida nos levantamos y huimos despavoridos.
Sentimos tanto terror que olvidamos nuestro plan de esperar a que terminara la función.
Nuestros padres, después de varias preguntas, nos hicieron confesar que no habíamos entrado al circo, mas al decir en qué habíamos gastado el dinero fueron bastante piadosos, y nos dieron solamente algunos cintazos.  Lo del payaso nunca lo mencionamos, y por eso nuestros allegados no se explican cómo surgió nuestro irracional miedo a los payasos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Un cuento para la profesora

Beatriz, profesora de español, exigía a sus alumnos que escribieran cuentos de terror que realmente asustaran.  En toda su carrera ninguno la había impresionado, y hablaba de ello las notas bajas que ponía a los textos de los estudiantes.
Desde su escritorio, mirando a cada uno de los que estaban allí, les informó:
- La tarea para el lunes es escribir un cuento de terror. Pero que no sean una tontería. Tienen que tener atmósfera inquietante, algún elemento que estremezca, que sean verdaderamente de terror.
Algunos alumnos pusieron cara de fastidio; otros quedaron pensativos, creyendo haber encontrado la solución, pero tras las últimas palabras de Beatriz se fastidiaron también, pues les dijo: - ¡Ah! Y que sean escritos por ustedes, no vale tomarlos de internet.

Llegado el día, al finalizar la clase, los cuentos estaban sobre el escritorio. Los alumnos se marcharon pero Beatriz se quedó. En el mismo local funcionaba una escuela nocturna para adultos, y ese día le tocaba dar clases.  Tenía tiempo como para corregir todos los cuentos y se puso manos a la obra.
Mirando de reojo una ventana que daba a un patio interior, vio que el día se fue apagando, y que unas nubes oscuras que se movían rápido se fueron amontonando en el cielo.  El silencio de los corredores la distrajo varias veces: no había escuchado el paso de sus colegas que normalmente llegaban temprano, ni había oído el silbido del conserje al pasar trapeando el piso.  Trató de concentrar su atención en los textos. Subrayaba palabras, hacía anotaciones, y ponía notas bajísimas a casi todos.
Pero al leer uno se asombró, miró el papel con desconfianza; no decía de quién era. Volteó la mirada hacia la puerta y escuchó: todo estaba en silencio, parecía ser la única persona en aquel inmenso local.

Con la cara muy seria ya, continuó leyendo el cuento:
“La profesora estaba sola. Fuera comenzaba a desatarse una tormenta que había oscurecido más la noche, y esporádicos relámpagos empezaron a cruzar el cielo, desparramando una luz pálida sobre la ciudad…”. Tras  leer esa parte Beatriz miró hacia la ventana, y unos relámpagos mostraron las formas amenazadoras de las nubes, que al instante volvieron a estar negras.
Aunque sintió que iba rumbo a un desenlace terrorífico, siguió leyendo igual; estaba atrapada.
“Mientras la profesora leía aquel cuento aterrador, una cosa espantosa comenzó a espiarla desde la ventana y…”. En ese punto de la historia Beatriz apartó los ojos del papel y, lentamente fue girando la cabeza hacia la ventana, y allí estaba aquella cosa. Se le veían los ojos, que eran amarillos y parecían ser de un animal, y la parte de arriba de la cabeza, donde flotaban unos cabellos blancos que se movían lentamente como se mueven las plantas bajo el agua.  Beatriz gritó con fuerza; lo que la observaba se apartó de la ventana. 
Un colega que acababa de llegar, al escuchar el grito irrumpió en el salón. Ella dijo que alguien se había asomado en la ventana, pero no dijo que era algo espantoso, y no comentó lo del cuento; y fue lo mejor para ella, porque cuando fue a guardar los textos en su portafolio, el cuento que la asustó ya no estaba.   



lunes, 10 de diciembre de 2012

Que nadie entre

Cuando llegué la familia estaba empacando y cargando todos los muebles de la casa en un camión.
Los dueños de aquel hogar me atendieron en el patio; la mujer saludó y continuó con las tareas de la mudanza; sus hijos también ayudaban.

- Quiero que bloquee las ventanas con maderas. No sé si es mejor por dentro o por fuera - me dijo el tipo mirando hacia una ventana.
- Normalmente se tapia por fuera, para proteger los vidrios - le comenté -, pero si usted quiere puedo poner algo por dentro también, para mayor seguridad.
- Entonces por dentro también. No va a quedar nada de valor en la casa, pero, no me gustaría que alguien entrara porque… es… digo, no es lindo que entren en el hogar de uno, ¿no?
- Claro señor, se entiende - afirmé, aunque sospeché que había algún otro motivo, que ocultaba algo.

Evidenciando que no quería hablar más del asunto, el hombre tomó una caja que iba cargando uno de sus hijos y, al ir rumbo al camión agregó: - Tiene que venir de día, ya se lo dije a su empresa, porque apenas nos vayamos vamos a cortar la luz.
- Ya me dijeron sí, vengo de día. O sea que hoy ya no hay tiempo, ¿no?
- No. Venga mañana. Le vamos a dejar la llave a su patrón.
Me fui pensando que me habían hecho perder el tiempo, pero a la vez estaba algo intrigado, y sospechaba de qué se trataba.

El día siguiente fue sumamente ajetreado, y recién al atardecer volví a la casa. Cuando terminé de tapiar las ventanas por fuera ya estaba casi de noche. Como el trabajo de adentro iba a ser menor, no quise dejarlo para el otro día. Entré a la casa y, linterna en mano busqué la llave general de la luz.
No me inquietó recorrer aquella oscuridad, pues aunque sospechaba que aquella familia creía que había “algo malo” en su hogar, no creía que realmente lo hubiera.

Cuando vi la llave y estiré el brazo para encenderla, sonó una voz a mis espaldas, la voz dijo:
- ¡Váyanse de mi hogar o voy a hacer que se ahorquen!
Al voltear y apuntar la linterna, iluminé a una anciana descolorida de ojos negros y larga cabellera gris, que rápidamente se abalanzó hacia mí con sus manos como garras hacia adelante. Cubrí mi rostro con los antebrazos y giré hacia un costado; la aparición siguió y desapareció en la pared.  Cuando iba saliendo de la casa sentí que caminaba tras de mí, y se detuvo en la puerta.
Por la mañana regresé y terminé el trabajo, y lo hice lo más fuerte que pude, así nadie más se va a llevar un susto al ingresar a aquella casa embrujada.

sábado, 8 de diciembre de 2012

En la casa de los abuelos

Damián pocas veces se quedaba a pasar el fin de semana con sus abuelos. No le gustaba su casa, decía que se parecía a la de las películas de terror, y que sus abuelos eran muy extraños. Por la noche, a la hora de dormir dejaba la luz encendida, y no se fiaba de ningún rincón oscuro, vigilando todo desde la cama.   La última vez que fue resultó realmente aterradora.  Vigilaba la vasta habitación desde la cama, cuando un ruido vino desde el ropero, y Damián volteó hacia él. Algo que estaba adentro, en la base del ropero, se movía de un lado para el otro. No eran ruidos de patas, más bien parecía rodar por la madera, lo que descartaba que fuera un animal.
Al borde del terror absoluto, Damián vio que la puerta del mueble se abrió apenas, y en el interior oscuro creyó ver un ojo que lo estaba mirando.
Gritó desesperadamente, y tras el grito unos pasos presurosos sonaron en el corredor, la puerta de la habitación se abrió, y el abuelo de Damián entró con cara de preocupado.

- ¿Ese grito fuiste tú, qué pasó? - preguntó el abuelo acercándose a la cama.
- ¡Hay una cosa en el ropero y me estaba mirando! - aseguró Damián.
- No creo que halla algo, te lo habrás imaginado, pero vamos a ver. Puede ser una rata.

El anciano abrió la puerta del ropero y se inclinó hacia el interior oscuro.

- ¡Ah! - exclamó el viejo -. Esto era lo que hacía ruido - y retirándose del interior del mueble le mostró a Damián lo que tenía en la mano, y era la cabeza de su abuela; la sostenía del cabello y la cabeza sonreía.
De pronto Damián estaba sentado en la cama y a los gritos, y en la habitación no había nadie más.
Momentos después su abuelo entró en la habitación y le preguntó qué le pasaba.

- ¡Ay! Tuve una pesadilla horrible abuelo.
- Bueno, bueno, ahora a calmarse que sólo fue un sueño, no tienes que darle importancia, sólo fue un mal sueño. Tu abuela está bien - dijo el anciano antes de retirarse.
El muchacho quedó mas aterrado todavía: No le había contado ningún detalle de la pesadilla a su abuelo, ¿por qué éste había mencionado lo de su abuela? ¿Seguía soñando? Nunca lo supo, pues antes del amanecer volvió a dormirse, y por la mañana ya no sabía qué había sido sueño y qué había sido realidad.

Examinado

Lucas subió por el sendero que iba serpenteando hasta la cima del cerro. La mochila le pesaba y el ascenso era duro. El camino estaba lleno de piedras sueltas que dificultaban cada paso.  La ladera por la cual subía estaba bajo el ardiente sol, y por todos lados se amontonaban rocas pálidas y cactus.
Al alcanzar la pequeña meseta de la cima, volteó y contempló satisfecho el extenso paisaje que se extendía allá abajo: Se divisaba desde allí un grupo de casas ubicadas en un pequeño valle verde, más allá unas plantaciones que llegaban hasta la falda de otros cerros, un matorral extenso, algunos arboledas, y el brillo lejano de un arroyuelo por el cual había cruzado esa tarde.
Sus planes eran acampar en aquella cima, pasar la noche allí y bajar del cerro por la mañana.
Al final de la tarde las escasas nubes que cruzaban el cielo se fueron alejando. Ya noche el firmamento brilló con fuerza, y tendido al lado de la carpa, Lucas observó aquel cielo maravilloso.

El clima era agradable. Estuvo largo rato acostado así, mirando al cielo.  La vía láctea parecía más encendida que nunca, hasta que repentinamente un inmenso objeto oscuro y circular cubrió parte de ella ante la vista de Lucas. Aquel objeto ensombreció toda la meseta del cerro. No hacía ni el menor ruido, y aunque era difícil juzgar a qué distancia se encontraba, Lucas supuso que no estaba muy alto.
Enseguida se asustó; ninguna máquina hecha por el hombre podría levitar de esa forma, aquello no era de este mundo: era una nave extraterrestre.
Agazapado, se fue desplazando con cautela, llegó al borde de la meseta y empezó a bajar.  Con cada paso corría el riesgo de tropezar y rodar cerro abajo, pero no podía seguir allí.
Al mirar hacia arriba, notó que la nave se había desplazado hacia la ladera dónde él se encontraba, e imaginó que lo estaban viendo, y fue sintiendo más temor.
En aquel descenso alocado, pisó una roca suelta que lo hizo caer y rodar.  Una saliente detuvo su caída, y antes de que pudiera levantarse una luz potente lo encandiló y sintió que se desvanecía.

Volvió en si lentamente, y al acordarse de lo qué le había pasado intentó abrir los ojos pero no pudo, y tampoco pudo moverse. Estaba acostado boca arriba sobre algo frío y duro, que imaginó sería una mesa metálica. De pronto escuchó pasos, que desde varias direcciones venían hacia él. Inevitablemente supuso que eran los extraterrestres, mas enseguida trató de no pensar en eso: era demasiado aterrador.   Lanzó un grito al sentir que una mano pequeña le tocaba el rostro, y su grito hizo que sus captores emitieran unos sonidos que, aunque claramente no eran humanos, se asemejaban a unas carcajadas burlonas.   Después escuchó algo más aterrador aún; era el sonido de un aparato que giraba a gran velocidad como lo hace un taladro de dentista, pero entre aquel sonido se entreveraba el de chispas eléctricas. Lucas gritó nuevamente, y le respondieron las carcajadas extrañas. Después vino el dolor; algo muy fino le perforaba el oído, y se desmayó profundamente.
Despertó por la mañana al lado de su carpa. Deseó que toda aquello fuera sólo un sueño, pero sabía que no era así. Al tocarse el oído descubrió que tenía algo de sangre seca en él.



miércoles, 5 de diciembre de 2012

Pronto serás uno de nosotros

La sala de espera de aquel hospital se iba llenando de gente. Faltaba bastante para el amanecer, pero ya hacía mucho calor, y la humedad estaba alta. Un par de ventiladores zumbaban en lo alto del techo, y cerca de él volaban algunos insectos atraídos por las luces. Algunas personas se abanicaban con los papeles que llevaban, otras suspiraban a cada rato y levantaban la vista hasta los ventiladores que giraban lerdos.
En esa sala se encontraba Sergio. Se mantenía parado pues ya no había más lugar en los bancos. Consultaba su reloj, se secaba el sudor de la frente, y para pasar el tiempo revisó un par de veces sus papeles: la orden para un análisis, el resultado de otro, y su reciente pero voluminoso historial médico.   De pronto escuchó un grito espeluznante, y por poco no arrojó sus papeles al estremecerse por el susto.  
Una señora notó su reacción, y por curiosidad más que por verdadero interés por el prójimo le preguntó:  - ¿Está bien señor?
- Sí, gracias. Me sorprendió un poco ese grito, ¿qué habrá pasado? No sé bien de dónde vino.
- ¿Grito? Yo no escuché ningún grito - dijo la mujer.

Sergio miró a los otros buscando algún gesto de asombro; nadie más parecía haber escuchado aquel grito.  La mujer con la que habló volteó hacia otro lado y se alejó de a poco. “Mejor me alejo, no vaya a resultar que este tipo esté loco”, pensó ella al apartarse.
Aún no se explicaba cómo podían no haber escuchado aquello, cuando de un corredor salió un enfermero empujando una camilla; sobre ésta había un cuerpo cubierto por una sábana: una operación había salido mal. Súbitamente, un hombre con un enorme corte en el pecho apareció sentado en la camilla, era la aparición del muerto. La aparición miró a Sergio y le guiñó un ojo - Pronto serás uno de nosotros  - afirmó la aparición. Casi inmediatamente resonaron otros gritos que solamente Sergio escuchó, y desde varios puntos surgieron apariciones horrendas y empezaron a vagar por la sala, sin que la gente las viera.

Apenas dio unos pasos para salir de allí, Sergio se sintió terriblemente mal: le dolió el brazo izquierdo y el pecho. “¡Un infarto!”, pensó.  Se tambaleó un poco, logró a duras penas mantener el equilibro y siguió. Sabía que iba a morir, pero no quería hacerlo allí, y luego andar penando en aquel lugar horrible.
Sudando, jadeando, alcanzó la puerta de la salida. Ya estando afuera, pudo dar unos pasos más antes de desplomarse. Lo había conseguido, creyó, y perdió la conciencia. 
Un doctor que iba llegando al hospital corrió a socorrerlo, y enseguida se le unieron unas enfermeras.
- ¡Hay que llevarlo a emergencias! - ordenó el doctor -. Aún está vivo, pero está muy mal.  

martes, 4 de diciembre de 2012

El más valiente

Mi familia se había unido a una cooperativa de vivienda. Los viernes por la noche los integrantes se reunían en un viejo local que antes fue una escuela.  Como solamente se usaba un salón, los otros permanecían a oscuras, aunque sí encendían las luces del patio interior y del corredor que llevaba hasta la salida.
El patio era grande, tenía unos bancos en dos de sus extremos, un par de pinos en el fondo, y en un lado tenía un bebedero que ya no funcionaba, cerca de éste se hallaban cuatro astas metálicas sin banderas, y de una de ellas colgaba una cuerda que casi siempre se estaba moviendo por el viento. 
En esa época tenía once años, y en la cooperativa había otros niños y niñas que rondaban mi edad.
Mientras los adultos discutían temas aburridos que ni entendíamos, los niños salíamos a jugar.  Generalmente nos manteníamos en el patio iluminado, y frente a la boca oscura del comienzo de los corredores pasábamos corriendo.

Una noche, estando en aquel patio, a un niño nuevo se le ocurrió un desafío:

- El que se anime a entrar ahí - dijo señalando la negrura de un corredor - va a ser el más valiente de todos, si es que se anima alguno ¡jeje!
- ¡Ah sí! Entra tú primero, si es que te animas, ¡paliducho! - lo desafié. A los otros le causó gracia el sobrenombre, y rieron y lo apuntaron con los dedos ¡Paliducho! 

Él sonrió, giró hacia el corredor y entró en él.  Asombrados, escuchamos sus pasos alejándose en la oscuridad, y luego que se iba acercando hasta que salió a la luz, y más asombrados vimos que seguía sonriendo.

- Ya entré ¿Ahora quién se anima?
- Yo - dije decididamente, mas al alejarme de la luz sentí miedo.

Al avanzar unos metros ya no se veía absolutamente nada, sólo al voltear veía lo que parecía el final de un túnel, y en él estaban los otros niños. Caminé un poco más y, cuando fui a volver, escuché que algo avanzaba desde el extremo dominado por las tinieblas. Por el ruido, me imaginé algo que andaba sobre cuatro patas, o sobre sus manos y  pies. El impulso de la carrera me hizo pasar entre mis compañeros sin detenerme; ellos también habían escuchado a los pasos que me persiguieron, y salieron corriendo también hacia el salón dónde se hallaban los adultos.
Interrumpimos la reunión y contamos atropelladamente lo que había pasado. Después, siguiendo a varios padres, regresamos al lugar. Encendieron las luces y buscaron por todos lados, pero no encontraron nada.
En las reuniones siguientes no nos dejaron salir del salón, y no teníamos ganas de hacerlo.
Al niño que se atrevió recorrer el corredor no volvimos a verlo, y fue mejor así, pues esa noche no se había unido a la reunión ninguna familia nueva, y ningún adulto recordaba haber visto a aquel niño pálido.