cuentos de terror

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martes, 22 de julio de 2014

El circo (séptima parte)

Apenas tuvo tiempo para cerrar la puerta y trancarla con una silla antes de que los vampiros chocaran contra ella. La puerta resistió a duras penas, pero no sería por mucho mas.  Diego fue hasta la ventana, que era una de las que habían tapiado con madera, y apuntando por entre la separación que dejaron entre las maderas, empezó a dispararles para que salieran de allí.  
En un primer momento fue fácil atinarles, y dejó tendidos a cuatro, mas en seguida los otros dieron unos saltos enormes y se apartaron.  Volvieron a arremeter buscando otras entradas. Lo iban a atacar por todos lados. Unos fueron por un lado de la casa y un grupo por el otro lado, algunos saltaron hacia el techo.   Diego corrió hacia la sala; ya estaban metiendo las manos entre las maderas de la ventana para arrancarlas. Tuvo que hacer varios disparos para que se alejaran de aquella abertura. 
Los vampiros iban probando todos los posibles lugares por donde entrar. Se escuchó que rompieron el vidrio de la ventana del baño. Cuando Diego llegó corriendo, un vampiro había logrado meterse hasta los hombros. La bestia lo miró y le mostró los dientes. El disparo fue en la cabeza; el vampiro aflojó los brazos y después cayó hacia afuera. 
La situación empeoraba a cada instante. Chocaban ahora contra la puerta de la sala, y unos pasos larguísimos pasaban por el techo. 

Mientras daba unas zancadas hacia la sala, Diego pensó en la enorme voluntad que debía tener su tío, porque era evidente que había resistido mucho mas tiempo el hambre que los otros, que aunque recién se habían “levantado” era obvio que ya no razonaban, pues aquel hambre los transformaba en monstruos.  Gerardo, tras salir del cementerio, caminó varios kilómetros por las afueras de la ciudad rumbo a su casa, y al llegar a ella recordó donde estaba la llave que escondía afuera, porque había abierto y cerrado la puerta con ella.  Darse cuenta de eso le dio mas fuerzas a Diego; iba a vender muy cara su vida.  Corría de un lado para el otro; los alejaba a tiros de la puerta, los vampiros iban hacia la ventana, o probaban en la del fondo, y no podía descuidar el baño. En cualquier momento iban a entrar. Mas, cuando ya se creía perdido, empezaron a sonar disparos afuera. Era una metralleta. Algunas balas chocaban contra las paredes, pero la mayoría impactaban en los vampiros, y estos quedaban tirados. ¿Sería la policía? Diego dedujo que tal vez eran los policías que habían quedado custodiando la escena del circo. Al mirar por entre las maderas, algunos vampiros estaban tirados en el suelo, y eran mas de los que él había liquidado. “¿Será que cualquier bala sirve para matarlos?”, pensó. Como fuera, ahora su situación ya no era tan desfavorable. 

Por el ruido, dedujo que los tiradores que lo ayudaban desde afuera eran dos. Los fogonazos salían del costado de unos árboles. Él hacía su parte desde adentro, liquidando a todo vampiro que se pusiera a tiro. 
Al disminuir la cantidad de vampiros, los que quedaban se replegaron hacia el fondo. En ese momento dos siluetas salieron de las sombras de los árboles y corrieron rápidamente hacia la casa. Un vampiro rezagado les salió al cruce. Uno de ellos desenvainó dos cuchillos relucientes y, demostrando gran habilidad lo despachó en pocos movimientos. Lo curioso fue que, mientras hizo aquello gruño como un perro. Diego lo vio todo. ¿Quiénes eran aquellos tipos? Cuando se acercaron mas los reconoció: los vio por la tarde, entre los curiosos que miraban el incendio, eran los que parecían observar todo detalladamente, y tenían aspecto de militares. ¿El tipo había gruñido? 
Al pasar frente a la casa uno de ellos preguntó:

- ¿¡Hay alguien ahí!? 
- ¡Sí! ¿Quieren entrar? 
- ¡Sí! ¡Ya se están agrupando y van a atacar de nuevo!
- ¡Vengan por el frente!

Cuando Diego les abrió, la puerta estaba toda floja por los golpes de los vampiros. Apenas pasaron, los extraños sacaron unos recipientes cilíndricos que llevaban en los cinturones y se pusieron a rociar algo en la puerta y en la ventana. Por el olor se deducía que era un concentrado de ajo. Evidentemente sabían de los vampiros. Estaban vestidos como para ir a la guerra, y cada uno tenía una mochila, estaban preparados. 

- Gracias, me salvaron -les dijo Diego. 
- Por ahora -le aseguró uno de ellos-. Tenemos que liquidar rápido a esos vampiros antes de que venga aquel maldito monstruo -y espió por la ventana.
- ¿Crees que vendrá hacia aquí? -le preguntó el otro tipo a su compañero-. Ya es algo tarde. 
- Depende. Oye, muchacho -se dirigió ahora a Diego. El sujeto guardó el recipiente con concentrado de ajo y recargó su metralleta. -, contesta sinceramente, ¿tú incendiaste los remolques del circo? 
- Sí, fui yo. 
- Entonces va a venir. 
- ¿Quién va a venir? -preguntó Diego. 
- El monstruo principal de circo. No sabemos bien qué es. 

Continúa…

sábado, 19 de julio de 2014

El circo (sexta parte)

Gerardo estaba allí, parado en la sala, aunque lo habían enterrado unas horas atrás. Diego no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Aquel era su tío, pero este estaba muerto, ahora era, un vampiro. 

- Diego, regresé -dijo Gerardo, y abrió los brazos, como esperando que su sobrino fuera a abrazarlo. 
- Tío, los vampiros lo habían atacado, y no me lo dijo -alcanzó a decir Diego, con mucho pesar.
- Creí que no me iba a transformar tan pronto, y, quería vengarme. Pero estoy bien, solo un poco hambriento.  Tengo hambre, Diego. ¡Hambre…! 
- ¡No se acerque mas, tío! 

Diego ocultaba el revólver en su espalda, no quería usarlo, aquel era su tío; Gerardo avanzó unos pasos y después retrocedió sacudiendo la cabeza, como si quisiera desprenderse así de aquel hambre y el estado mental que lo iba dominando. Se tapó la cara con las manos, intentando concentrarse, y cuando las retiró ya mostraba algunos rasgos de murciélago: 

- ¡Es que tengo tanta hambre! -exclamó Gerardo, ya con una voz extraña-. Puedo oler tu sangre, casi siento su tibieza, y también tengo frío… ¡Ya te siento solo como sangre y carne! Eso eres, alimento. Pero si no te resistes seguiremos siendo familia, ninguno morirá. ¡Diego, ven aquí!

Ahora Gerardo lucía mas como un murciélago, y aquella voz no se parecía en nada a la del amable hombre que fuera. Solo era un monstruo que avanzaba hacia su presa. 
Sonó un disparo, hubo una breve pausa y sonaron cuatro mas. Gerardo se desplomó hacia atrás. Los rasgos de murciélago desaparecieron y su cara ahora esbozaba una ligera sonrisa; por fin descansaba.
Diego no soportó mas, se hincó de rodillas frente al cuerpo de su tío y sus ojos se inundaron de lágrimas.   Después de perder a alguien y creer que jamás se lo volverá a ver en esta tierra, volver a verlo convertido en un monstruo es algo que no muchos tolerarían sin sufrir un colapso emocional. Pero Diego era fuerte.  Se enjuagó las lágrimas y comenzó a razonar. Su tío había muerto durante el día, aquello que se presentara allí ya no era él. Algo de sus recuerdos y su carácter obstinado habían contenido por un momento a la bestia, al monstruo, mas la bestia era quien había salido de la tumba, no el hombre. No había matado a su tío, había erradicado al ser que poseía su cuerpo.   
Se levantó y respiró hondo. Tenía que enterrar de nuevo a Gerardo, esta vez con sus propias manos. 
Fue hasta el cuarto y trajo una frazada para envolver el cuerpo.  Lo levantó del suelo y lo cargó en su hombro; antes abrió las puertas para no tener que hacerlo mientras lo cargaba. El cuerpo pesaba mucho pero Diego era fuerte. Mas apenas salió a la noche lo invadió un temor, y dejó el cuerpo en el suelo. ¿Y si el vampiro no estaba muerto del todo?  

Tenía el revolver en su cintura, lo empuño, se inclinó lentamente y tomó una esquina de la frazada que amortajaba a Gerardo. Dudó entre ver el rostro de golpe o hacerlo lentamente. ¿Y si nuevamente tenía rasgos de murciélago?  Se decidió por hacerlo rápido; el rostro seguía en paz.   Pero ahora aquella duda no lo abandonaba.  Entró a la casa y fue por mas balas de plata. Al regresar lo examinó de nuevo. Volvió a cargarlo. 
La Luna había progresado esos días hasta quedar llena, y como el cielo estaba limpio la noche era por demás clara. Solo entre los árboles sobrevivía algo de oscuridad, y estaba mezclada con porciones claras donde descendían sendos rayos lunares. Diego atravesó esa claridad hasta llegar junto al viejo nogal, allí donde enterraran a Ringo, el perro. 
Dejó el cuerpo en el suelo y sintió la necesidad de mirar en derredor. Había mucho silencio. No chistaba ni una lechuza ni cantaba ningún pájaro nocturno, solo silencio. 
Tuvo que volver a la casa para buscar una pala y un pico. Ahora temió que su tío ya no estuviera allí. Todo aquello parecía una pesadilla, y en las pesadillas se cumple lo que mas tememos. Cuando comprobó que aún estaba envuelto en la frazada exhaló algo aliviado. 
Comenzó a cavar.  ¡Que escena mas terrible la que iluminaba la Luna! Un hombre cavando un pozo, y junto a él un muerto.  Solo el ruido sordo de la pala o el pico hiriendo la tierra desafiaban el silencio de campo santo que había ahora. 
Mientras cavaba Diego pensó que el terreno se estaba volviendo un cementerio. Al pensar en eso nuevamente lo azuzó una idea que no se le iba del todo, que estaba allí, queriendo surgir con claridad en sus pensamientos, y era la respuesta a unas preguntas: ¿Por qué habían vuelto los vampiros al terreno? Y ¿Si habían matado a gente, dónde estaba esa gente? 
Se enderezó y volvió a mirar en derredor. ¿Había escuchado algo? Comenzó a cavar mas rápido. 
Pronto notarían que la tumba de su tío, la del cementerio, estaba vacía, descubrirían el hoyo por donde salió Gerardo. ¿Cómo explicar que había aparecido en la casa?  Tenía que hacerlo desaparecer. Era el segundo delito cometido en pocas horas, y todo por culpa de los vampiros. 

Hizo el pozo menos profundo de lo que hubiera preferido, pero bajo aquellas circunstancias estaba bien, porque cada vez se sentía mas inquieto allí.  Algunos sonidos muy vagos llegaban hasta él. Le pareció escuchar voces. Venían de la propiedad, de lo profundo de la arboleda. Si vinieran de la dirección del circo hubiera corrido hasta la casa en aquel momento, pero venían de otro lado, de la parte mas extensa de la arboleda. 
Echó el cuerpo en el pozo y lo fue tapando con tierra. Ya estaba, había enterrado a su tío, de nuevo. 
Se le ocurrieron algunas palabras para susurrar en aquel momento, mas nuevamente escuchó algo. Esta vez el sonido era claro, eran pisadas. No demoró en verlos. Caminaban entre los árboles, pasando por sombras y claridad de Luna. Unos aquí, otros mas allá, avanzaban todos en la misma dirección: hacia Diego, y era una multitud. 
La duda que lo acosaba se presentó claramente. Los vampiros habían invadido el terreno para sepultar gente. La primer noche fue de exploración, ahí liquidaron al perro que podía delatar su actividad, a la noche siguiente se encargaron del dueño de la vivienda. 
Cuando Diego corrió hacia la casa los vampiros salieron tras él. Ahora tenía que encerrarse y resistir el asedio de los vampiros. 

Continúa...

jueves, 17 de julio de 2014

El circo (quinta parte)

Diego fue hasta el portón de la propiedad y vio como el vehículo de la funeraria se alejaba por el camino. El doctor se había marchado también.   Ahora se iba a dedicar a la venganza.
El Sol todavía estaba muy alto y hacía calor. Al mirar los árboles comprobó que el viento soplaba hacia el circo. Aquellas eran las condiciones ideales para iniciar un incendio. 
Su tío siempre tenía guardados bidones de nafta. Se hizo de algunos elementos, cargó el revólver de su tío con balas de plata, por las dudas, y después se adentró en la arboleda cargando dos bidones de combustible.  Se detuvo en el límite de la arboleda y espió.  Los trailers estaban amontonados en el fondo de terreno, no muy lejos del límite de la arboleda. La ubicación no pedía ser mejor para sus planes.  Solo tenía que cerciorarse que no anduviera nadie por allí. 
Corriendo agazapado alcanzó el extremo derecho de la fila de remolques. Dejó un bidón allí y corrió hasta el otro. Recién ahí comenzó a volcar el combustible. Al vaciar el primer recipiente fue hasta donde estaba el otro y lo vertió en esa parte. Mojaba los remolques y el suelo con pasto medio reseco, y el olor a nafta comenzaba a intensificarse. El calor del día evaporaba el combustible rápidamente, haciéndolo mas peligroso. 
Se alejó hasta los árboles llevándose los recipientes vacíos. Envolvió unos papeles en una piedra, la encendió y la arrojó a los remolques.  La reacción fue mas poderosa de lo que esperaba. Hubo una explosión que abarcó todo el largo de la fila de remolques. El fuego se extendió hacia los costados también, pero después se concentró bajo las guaridas rodantes de los vampiros. Ya estaba hecho, ahora el fuego haría el trabajo. Los vampiros estaban atrapados entre las llamas y el Sol. 

Diego confiaba que la luz del día sería mortal para ellos. Por algo hacían solo una función nocturna. Durante el día solo se veían allí a algunos empleados, a los sirvientes de los monstruos. 
Volvió a la casa y puso los bidones junto a otros.   Si se daba una investigación, no podrían acusarlo por tener aquello allí, porque en casi todas las viviendas que quedan en las afueras de las ciudades se guarda combustible. Pero confiaba en que lo policía no le daría problemas, principalmente por la naturaleza de aquel circo, y los sospechosos de sus empleados.   Pensando en eso empezó a sentir curiosidad. La situación era por demás interesante, y quería verlo con sus propios ojos. ¿Qué pasaría cuando llegaran las autoridades? Tenía que ir hasta allí. Incluso podía parecer sospechoso si no iba a curiosear, porque la suya era la casa mas cercana. 
Ya se escuchaba el crepitar del fuego y por encima de la arboleda se elevaba una humareda negra.  Los sirvientes de los vampiros no llamaron a los bomberos por obvias razones, e intentaron contener el fuego solos, pero era inútil.  Algunos conductores que cruzaban frente al circo por la ruta se detuvieron a mirar, y ellos sí llamaron a los bomberos. 
Diego escuchó las sirenas desde la casa. Supuso que ahora el incendio sería enorme, y se imaginó a los vampiros asándose dentro de sus refugios, el fuego consumiendo todo, quemándoles la carne, y ellos sin poder escapar, porque afuera serían abrasados por el Sol. Como fuera estaban acabados. 
Diego siempre tenía algo de ropa en la casa de su tío. Se bañó rápidamente y dejó la ropa que olía a nafta sumergida en una tina con jabón.  
Ya le había pasado un poco la emoción de la venganza, y tomó conciencia que estaba por concurrir a otro velorio, otro mas de un pariente, y este era el último. 
Se escuchaba que seguían llegando sirenas; estas eran de vehículos policiales. 
Cuando cruzó en su camioneta, los remolques ya eran bultos ennegrecidos envueltos en llamas. Los bomberos habían salvado la carpa al rociarla con abundante agua, pero los tráilers y algunos vehículos ardían sin parar.  Había un montón de curiosos que la policía intentaba alejar lo mas posible. Algunos estaban sobre la ruta, otros en la esquina del camino. Diego dobló como para tomar la ruta y se detuvo allí.  En el incendio estallaban vidrios y se elevaban repentinas llamaradas. 
Diego se arrimó a un policía; al verlo el oficial le dijo que por su seguridad no avanzara mas: 

- Oficial, mi casa, la de mi tío, está atrás de aquella arboleda. ¿Cree que el fuego se extienda hacia allí? -le preguntó Diego. Él sabía que no había riesgo, pues el viento soplaba hacia la ruta.
- No sé, tendría que preguntarle a un bombero -le contestó el policía, y miró sobre su hombro buscando a uno que estuviera cerca -.Vamos a preguntarle a aquel. 

El bombero se había quitado la máscara anti-gases y el casco y se había sentado sobre el pasto. 

- Disculpe -le dijo el policía-. Este señor vive cerca de aquí, y está preocupado por el fuego, por si se extiende. 
- Así es -afirmó Diego-. La casa está detrás de aquella arboleda. 
- Mientras el viento sople en esta dirección no hay peligro -le aseguró el bombero. Después miró hacia el fuego y comentó -. Esto es lo mas raro que he visto. Intentamos sacar a alguien que estaba atrapado en una casa rodante de esas, y aunque aparentemente las llamas no lo habían alcanzado, cuando abrimos la puerta de pronto se incendió completamente, y se consumió tan rápido… es increíble…
- ¿Será que lo habían rociado con combustible al tipo? -le preguntó el policía. 
- Puede ser, pero fue tan raro, pareció que el mismo Sol lo incendió. 

El policía miró a Diego con un gesto de extrañeza, y él lo miró de igual forma. Lo que acababa de contar el bombero era perfectamente lógico para él, es lo que esperaba le sucediera a los vampiros, pero tenía que disimular. El fuego se seguía elevando allá atrás, y explotaron los tanques de unos vehículos, y la pequeña muchedumbre reaccionaba con asombro. Los bomberos seguían luchando a brazo partido contra las llamaradas. En su intento por rescatar a los atrapados, exponían a los vampiros al Sol y estos ardían inmediatamente. 
Cuando retrocedió hasta el grupo de los curiosos notó a dos tipos que acababan de llegar. Quedaron al lado de su vehículo, una camioneta Ford  F-150.  La actitud de los tipos despertó la curiosidad de Diego. Tenían una postura muy vertical, como la que suelen adoptar los militares. Estaban serios y observaban todo con atención. Comentaban algo entre ellos, en voz baja, y seguían observando. 
Mientras tanto el incendio había destruido casi completamente los remolques, y empezaron a escucharse unos gritos horribles. Eran los vampiros que quedaban expuestos al Sol.   Los curiosos se miraban ahora espantados, se estremecían con cada grito, y empezaron a marcharse, aquello ya era muy fuerte.  Los únicos que no parecían impresionados eran los dos extraños de la F-150 y Diego. 
Para él aquello no era una sorpresa, y aparentemente para los tipos aquellos tampoco. 
Uno de ellos notó la actitud de Diego y se lo comunicó al otro. Cuando este lo estaba mirando, Diego volteó hacia él. ¿Quiénes serían aquellos desconocidos? 
Ya quedaban muy pocos curiosos, era hora de marcharse. Los vampiros se habían incendiado como él esperaba.  Los sirvientes de los vampiros iban a ser los principales sospechosos por su actitud, y como realmente escondían algo iban a estar en serios problemas. 
Ahora tenía que velar y enterrar a su tío. 

En la ciudad comenzó a hacer llamadas. Gerardo tenía muchos conocidos. Cada llamada era dolorosa, la gente se sorprendía, hacían preguntas, y él tenía que repetir las respuestas a cada uno. 
Durante el velorio pasó un montón de gente a saludarlo. Ya había pasado por aquello varias veces: las palabras de consuelo, las frases hechas, las mujeres llorando, los veteranos dejándole palabras que realmente servían…  El doctor que lo ayudara en aquel amargo momento le aconsejó que el velorio no fuera muy largo, que Gerardo lo hubiera querido así; Diego estuvo de acuerdo.  
Lo enterraron al atardecer. Tras los últimos saludos y despedidas volvió a la casa. Ya estaba de noche cuando pasó por lo que quedaba del circo. La carpa seguía en pie, pero los tráilers solo eran hierros retorcidos que aún humeaban. Algunos policías y bomberos seguían allí. 
Diego estaba extenuado. Tuvo la intención de preparar algo para comer pero no tenía ánimos. Después recordó que sobre la cocina estaba lo que preparara para el almuerzo. Lo calentó y comió un poco.  La casa estaba tan silenciosa.  Era extraño que su tío no estuviera allí.   No tenía ganas de abandonar el apartamento de la ciudad para vivir en aquella casa, no después de todo lo ocurrido, pero no podía abandonarla en aquel momento. Lo iba a decidir otro día. 
Fue a acostarse temprano. No podía dormirse. Habían pasado cosas terribles en tan poco tiempo. Unos días atrás, cuando donde ahora estaba el circo solo había un campo, todo era paz; en la casa andaría su tío, el viejo Ringo… ¡Malditos payasos vampiros! 
Como estaba muy cansado igual se terminó durmiendo.   De pronto, lo despertó un ruido. Alguien andaba en la sala. Diego había dejado el revolver con las balas de plata a mano. Lo tomó y salió a investigar.  Se le erizaron los pelos al verlo. Parado en la sala se encontraba quien acababa de enterrar. Gerardo estaba todo sucio de tierra y tenía la cara renegrida por la misma.  

Continúa…

miércoles, 16 de julio de 2014

El circo (cuarta parte)

Después de recargar un buen número de balas de plata, Gerardo y Diego comenzaron a planear una estrategia para enfrentar a los vampiros. Les pareció que el ajo les serviría para proteger las aberturas, mientras ellos, desde adentro le disparaban a los que se pusieran a tiro.    Les pareció prudente quitar los vidrios de las ventanas y tapiarlas con madera. 
Planeada la estrategia, Gerardo creyó mejor comenzar ya esos trabajos, pero Diego insistió que su tío desayunara antes, y que tratara de dormir unas horas mientras él preparaba la casa. Gerardo no estuvo de acuerdo con lo de dormir, aunque dejó que diego le preparara un sándwich, el cual comió mientras cortaba madera en el taller. 
Entre los dos retiraron los vidrios de un par de ventanas, de las mas grandes, y después las taparon por dentro con madera, teniendo la precaución de dejar algunas rendijas por donde mirar y disparar. 
Gerardo no se veía nada bien. Sudaba mucho y tenía el brazo izquierdo algo torpe. Diego lo notó y se preocupó mucho: 

- Tío, es mejor que descanse, se ve cansado. No se olvide, su corazón… -le dijo Diego. 
- Sí, si, ahora que quede todo pronto -le aseguró Gerardo, y probó lo firme que había quedado una madera.
- Con esto basta, tío -opinó Diego, y espió por la separación que dejaron; se veía una buena porción del terreno desde allí.
- Puede ser, pero me gustaría estar bien preparado. Si vinieron dos noches seguidas es seguro que hoy vienen también. 
- Es lo mas probable. Hablando de eso, ¿por qué vendrán esos monstruos? No creo que sea solo para hacer una broma pesada ni para alimentarse de gallinas nomás. Algo traman. En el circo andan vigilando a la gente, supongo que eligen a sus víctimas. Si han matado, lo que es casi seguro, hoy o mañana va a aparecer en las noticias. Pero todavía no entiendo por qué vienen hasta aquí, claro, estamos cerca, pero, no sé.  

Diego se pasó la mano por la barbilla, pensando. Se le ocurrió algo, pero enseguida lo descartó. La situación ya era mala, no era bueno que supusiera algo todavía peor. 
Al mediodía Gerardo aceptó tomar un descanso, mientras Diego preparaba algo para almorzar. 
En la despensa de la casa tenían varias especias que colgaban de cuerdas, y junto a estas había una guirnalda de ajos. Diego la descolgó para tenerla a mano. Aún no se le ocurría cómo usarlos. Estando en la cocina, al mirar la licuadora, se le ocurrió procesar los ajos allí, y hacer una especie de pasta con ellos, porque supuso que así despedirían mas olor, y sería fácil embadurnar las aberturas con ella. Cuando su tío despertara se lo iba a proponer. 
Mientras la comida hervía en el fuego, fue hasta el fondo para enterrar lo que quedó del desastre hecho por los vampiros. Habían matado a todas las gallinas. Era un desastre de plumas y revoltijos de carne por todos lados; manchas de sangre casi no había, se la habían bebido los vampiros. 
Mientras hacía un pozo para enterrar los restos, pensó en lo espeluznante que habría resultado ver aquello. Vampiros con cabeza de murciélago. Se los imaginó con sangre y plumas en la boca, y unos colmillos terribles.   Era sorprendente que su tío hubiera soportado aquello en vivo sin morir del susto allí mismo. Había sobrevivido pero era obvio que lo había afectado, aunque lo disimulara. 
Mientras tapaba el pozo con tierra volvió el pensamiento nefasto. Echó un vistazo en derredor y quedó mirando hacia donde estaba el circo.   Los árboles obstruían la vista, pero allí estaba el circo aquel. A esa hora los vampiros estaban durmiendo en la oscuridad de los remolques, y solo sus sirvientes, aquellos tontos estarían afuera. 

Al recordar la comida fue corriendo hasta la cocina; estaba a punto. Esperó un rato mas y fue a llamar a Gerardo. No contestó. Entró al cuarto temiendo lo peor. Sus temores se confirmaron: Gerardo estaba muerto. Parecía solamente dormido, pero no tenía pulso.  Ahora diego estaba solo. 
Meditó un momento junto a su tío, después llamó por teléfono al doctor de su familia. El médico llegó rápido.   Era un veterano que ya casi no atendía, a no ser que fuera a algún conocido o amigo, pues estaba por retirarse.  Tras saludar afectuosamente a Diego fue hasta el cuarto. Confirmó la muerte. 
El médico enseguida le dijo a Diego que él se iba a encargar de su tío. 

- Tiene que estar en la morgue unas horas -le dijo el doctor, poniéndole la mano en el hombro -, pero no le van a hacer nada, no es necesario en estos casos. Fue sin dudas, su corazón. Va a estar lo mínimo posible, yo me encargo de eso, también de todo lo demás. Solo tienes que firmar algunos papeles, como familiar mas cercano. La publicación en la radio y todo eso va por parte de la empresa fúnebre, en este caso. Tú trata de estar tranquilo, yo me encargo. 
- Muchas gracias, doctor.

El doctor había visto a Diego pasar por aquello varias veces desde su niñez, y ahora estaba solo, por eso quería ayudarlo todo lo que pudiera. 
El médico notó las ventanas tapiadas, y Diego tuvo que inventar una historia; le dijo que su tío pensaba pasar unas semanas en su casa de la ciudad, y que por eso tomaron aquella medida. 
Diego pensó que por suerte no habían puesto aún el ajo, porque eso sería mas difícil de explicar. 
No mucho después llegó la empresa fúnebre y se llevaron el cuerpo. El doctor le aconsejó quedarse allí; él aceptó porque tenía algo en mente. No iba a esperar a los vampiros. Ellos invadieron el terreno de su tío, que ahora era de él; ahora le tocaba a él atacarlos. Iba a incendiar los remolques donde se escondían.